Cachorros ciegos
Tenía yo tanto miedo, pero la veía tan vulnerable, que yo no sé cómo no intenté exterminarla en nuestro primer encuentro. Después, siempre fue demasiado tarde. Si has de huir que sea hacia adentro, me decían sus ojos. Pero no su boca. De ser algo, sería un niño castrado, me dijo. Un cachorro ciego con los dientes de leche. No eres nada, le dije yo. Se rió. Quizá, dijo ella. Es extraño, sin embargo, que me veas en todas partes, dijo. Que no te excites si no es con mis manos. Dijo. La puta muerte. La grité. La puta muerte. Eres la niña que fui cuando yo era pequeño. Las manitas, los pies, la cabeza que me fueron mutilados entonces. No me beses, follame, me ordenó. Como cuanto teníamos cinco años. La puta muerte. Cómo lloraba cuando la conocí. Con los ojos abiertos pero apretados. Era mucho más fuerte que yo. Tenía pesadillas húmedas con ella. Cuando nos zurrábamos, y yo aún no distinguía entre ella y yo. El mundo era una masa amorfa, y ella, sangre espesa, pero nítida. Me la bebí tantas veces. Aún sin sed. Pura gula. No me conoces, crees que sí, pero no me conoces, me seguía diciendo la puta muerte. Y yo odiándola, mirándola los labios secos, tan cerca de mis dientes sin alivio. No me conoces, seguía repitiendo, yo soy con la que duermes siempre. La que llevas dentro. Quien te masturba cuando tú no quieres. Tan segura me lo decía. Qué ingenua. Tan niña aún. La pobre muerte.

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