viernes 24 de septiembre de 2010

De nuevo


...y de nuevo en el bar, de donde no deberíamos haber salido nunca; ahí estaba otra vez Alejandra. Pero ya no era la de siempre. Ahora era la gran payasa. Durante meses había vendido su alma al silencio, y ahora pretendía ahogarlo con una tromba de palabras y manotazos. Escupía frases sin orden ni concierto, como quien lanza redes, aquí y allá, a ver si así podía atrapar algo.

Y yo le preguntaba que dónde había estado, y ella me respondía que en cualquier sitio, y yo, que de qué huía, y ella, que más que huir, perseguía, y yo, que si la podía ayudar en algo, y ella, que no, porque ya estaba muerta. Y como me vio ponerme serio, se carcajeó y me dijo que una vez muerta, las cosas ya sólo pueden ir a mejor, que ojalá me asumiese yo también muerto, que ya vería que alivio, que una vez te convences de que nada importa, cualquier cosa, por pequeña que sea, empieza a importar una barbaridad.


Y si alguien le mentaba el futuro, ella se callaba. Y si le preguntaban: ¿qué vas a hacer? Ella decía que nada ¿Y a qué esperas? A nada.


Y cuando alguien quiso apoyarla y susurró que cuando uno ya no espera nada, de pronto goza cualquier imprevisto, ella le contestó: tienes toda la razón, pero ¿porqué no te vas un poco a la mierda? Una reacción que nadie entendió. Y de la que, creo, se arrepintió enseguida. Quizá por eso dejó de beber. Dejó de moverse. Y dejó de hablar. Se le fueron cerrando los ojos, y se vomitó en la chaqueta.


Y ya casi de mañana, abrió los ojos y se fue a su casa. No dejó que nadie la acompañase. Pero prometió volver. Y todo el mundo la creyó. Todo el mundo menos yo.






1 comentarios:

Los criticones dijo...

A ver si conseguimos que nadie se entere de que no te inventas nada, que sólo te fijas...

en fin...

ARM


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Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar todo lo que es realmente su experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, que volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo.

Henry Miller




Sombra de gato (Rodolfo Serra)