Informante2
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Yo la veía cojear, y le preguntaba si podía ayudarla, pero ella siempre decía que no era nada y seguía cojeando. A veces se sentaba en la acera, en la primera sombra que alcanzaba. Un día estaba ahí sentada, mirando como jugaba una pandilla de perros, cuando un coche atropelló a uno de ellos, pasó por encima de una de sus patas, le dio un fuerte golpe en la cabeza, y el perro consiguió alejarse unos metros, ladrando, casi como si no hubiera sucedido nada, hasta que se cayó de golpe, y los dos nos miramos. Los demás perros se alejaron. Giraban de vez en cuando la cabeza para aúllar al coche fantasma, pero poco a poco se alejaron. El otro pobre se quedó en el suelo. El caso es que Alejandra se levantó y se acercó muy despacio, miraba al perro y me miraba a mí, se agachó, lo acarició, sintió su respiración entrecortada, levantó la cabeza y me gritó: a este perro hay que rematarlo. Nos pasamos la noche buscando un veterinario, y barajando otras opciones, una pistola, una bolsa de plástico, una piedra. El perro murió, sin ayuda de nadie, a eso de las cuatro de la madrugada.
Después de eso hablamos mucho. Me contó que nunca había tenido perros, pero sí codornices, un búho y gusanos de seda, que de pequeña quería ser viuda, aunque entonces no sabía lo que era eso, que no era huérfana, pero como si lo fuera, que se había enamorado de todos los conserjes del colegio y hasta de la señora de la limpieza, aunque más que de ella, de lo que se enamoró fue del olor a lejía, que era algo que la excitaba mucho, aunque no estuviera bien decirlo, como casi nada, y que estaba harta, que a ella no le gustaba nada el silencio porque era cuando más voces escuchaba. Yo me reía y ella se reía, yo le decía que no podía creerla, y ella me decía: mucho mejor, así te puedo contar la verdad.
Cuando yo la hablaba de algo, se quedaba callada, pero yo no sé si me escuchaba, o por lo menos, no sé si siempre me escuchaba. Un día me dijo que nunca había sido niña y que por eso estaba aprendiendo a serlo ahora. La primera vez que me masturbé, lo hice pensando en Peter Pan, me dijo, y yo me reí, pero ella bajó la cabeza; después también se rió, pero poco, y me dijo que ojalá fuéramos dibujos, pero no animados, sino de tebeo malo, de esos feos, hechos con cuatro trazos, desgraciados pero simpáticos, desgraciados pero simpáticos, repitió, y yo ya no me reía tanto, entonces fue ella quien lanzó una carcajada, y me dijo, tú serías un buen ayudante del malo, de esos que en realidad son buenos y algo torpes, y tan ingenuos que nunca se dan cuenta de que van con el malo. Me enfadé un poco, porque me había llamado torpe y porque sentía que se estaba riendo de mí, pero no, sólo jugaba, una travesura, decía: segunda lección para aprender a ser niña, aunque aún me sale un poco forzado.
De esas cosas hablamos, hasta el día que se fue, cojeando un poco todavía, pero muchísimo menos. Después me escribió un par de veces, hasta que dejó de hacerlo. Hace ya demasiado tiempo.
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1 comentarios:
Que bonito escribes
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